Isao Hosoe (1942-2015), el Trickster del diseño, nos ha dejado el 3 de octubre de 2015. Dicen de el que era “siempre humilde y amable, más filosofo que ingeniero, un fabulador que sabia hechizar con el flujo lento y constante de sus palabras, con su imprevisible cultura e ironía sagaz”.

Para recordarlo, vuelvo a proponer esta entrevista que se publicó hace 25 años con el titulo “La oficina es teatro”. En ella diseño y oficina se convierten en ocasión de reflexión sobre el mundo del trabajo, sobre la ciencia,  la tecnología, la ergonomía; en una oportunidad para que el entrevistado se desplace como un Trickster, del pasado al futuro, del budismo a la filosofía, de la antropología al diseño.

NOTA: Todas las referencias cronológicas deben entenderse a partir de diciembre de 1988, fecha de realización de la entrevista

Pierlugi Cattermole: Me gustaría empezar conociendo algo más de usted. Nació en Tokio y trabaja Milán. Tras licenciarse en ingeniería aeronáutica se convierte en un diseñador de prestigio ¿qué decisiones e intereses determinaron su trayectoria personal y profesional?

lsao Hosoe: Esta pregunta ya me ha sido formulada en muchas ocasiones. Para contestarle le hablo brevemente de mi historia personal. Nací en Tokio en el año 42, en un templo sintoísta del que mi padre era sacerdote. Durante aquellos años Tokio estaba todavía bajo el shock de la última guerra y mi infancia transcurrió en este clima postbélico. Observaba a la gente de los suburbios de Tokio, pobre pero llena de vida, de corazón. Al mismo tiempo observaba a mi padre que llevaba a cabo su actividad de sacerdote en el templo. Así, de una parte vivía la vida del pueblo, de otra, esa ceremonia sagrada con su rito tan formal. Yo crecí en medio de todo ello.

De pequeño, en el colegio, me consideraban un niño atrasado que no seguía bien las clases. Miraba afuera, miraba las nubes, el cielo y no prestaba atención a los profesores. En realidad, no hacía los deberes porque era muy miope y nadie se daba cuenta. Hasta una cierta edad fui al colegio sin gafas y no veía nada. El mundo era completamente redondo, difuminado y sin esquinas. Yo lo percibía de manera diferente de los demás. Para el miope el mundo es mucho mas blando. Cuando me dieron las gafas, el oculista le dijo a mi padre que de mayor podría aspirar a ser campesino o masajista, dos oficios en los que no se requiere leer. Sus palabras me sorprendieron, pero no me preocuparon demasiado. Con gafas puestas, todo lo que que me rodeaba cambió drásticamente, se volvió más regular, claro y sin matices. Me dio mucha pena, pero aparte esta desilusión, mejoré en todas las asignaturas y mis profesores se sorprendieron de los progresos que hice en los siguientes meses. Sólo se debía a que miraba y entendía lo que se escribía en la pizarra.

En casa, mejor dicho, en el templo, solía jugar con una pequeña pizarra. Por entonces tenia pocos amigos y esta pizarra era mi mejor compañero. Me sentaba con ella y dibujaba, con tiza, historias de guerra. Era bastante bueno dibujando. Durante el resto del tiempo construía maquetas con piezas de madera y por las tardes, después de la escuela, me gustaba mucho ir a los baños públicos, en Japón todavía en uso. Son como grandes piscinas. Hoy en día se separan las mujeres de los hombres, pero por entonces eran mixtos. Hasta la introducción de vuestra cultura católica no se llegó a la conclusión de que no era saludable bañarse juntos… ¡Es una pena!

El caso es que todas las tardes me divertía durante dos o tres horas en el baño, o gran piscina, con mis piezas de madera para entender como funcionaban. Durante una semana construía una decena de formas diferentes para luego descubrir sus características fluidodinámicas. Esto era lo que hacia cuando tenia 8 ó 9 años. Creo que mi decisión de estudiar aerodinámica en la universidad dependió de aquella etapa de la infancia. Me eran ya muy familiares los fenómenos de los fluidos, de estas sustancias que no se ven, que se mueven sin comprender cómo. Y este era el misterio que me interesaba. Luego, cuando empecé la universidad me pareció que todo lo que estudiaba ya lo había descubierto en los baños públicos a los 10 años, sin saber nada de matemáticas, ni de física. Había comprendido intuitivamente el motivo de porqué estos vórtices nacen, porqué deben ir aparejados, lo que pasa en la  trayectoria de una forma redondeada etc.

En mi opinión, la escuela a menudo daña la intuición. Es una pena, porque los niños tienen grandes oportunidades para entender las cosas gracias a ella. Mucho más de lo que los adultos pueden imaginar. Pero, mientras la escuela tiende a proporcionar información racional, los niños entienden todo, y en profundidad, incluso las cuestiones mas complejas, gracias a la intuición. Si consiguiéramos comprender este delicado mecanismo creo que se podrían reducir a la mitad o a una tercera parte su duración. Haría falta pensar en la escuela de forma mucho más creativa.

Yo soy ingeniero aeronáutico y cuando me licencié, muchas empresas me querían contratar. Renuncié a ello gracias, entre otras cosas, a que mi padre me mantenía económicamente. Esta oportunidad me permitió posponer la decisión e ingresé dos años en la Graduate School para profundizar en la cuestión de las turbulencias en la fluidodinámica, ya que era un tema que me interesaba mucho. Como trabajo de licenciatura, diseñé y realicé con unos amigos el primer avión a pedales de Japón que pudo volar 100 metros en la primera prueba alcanzando, sucesivamente, mas de 2.000 metros de vuelo. Gracias a nuestro trabajo colectivo conseguí introducirme en el mundo de los materiales, de los aspectos estructurales y de las decisiones formales, que son precisamente la base del diseño, profesión que en el futuro elegí. Sin embargo, en aquél momento, no sabia que estaba haciendo diseño. Creo que la decisión de posponer la elección profesional a la licenciatura dependía de algún deseo inconsciente por comprender mejor el mundo que me rodeaba. No quise entrar enseguida en el mundo laboral como ingeniero, o en el académico de la ciencia, porque tenia dudas en cuanto a elegir un campo tan, digamos, limitado. Quería superar ciertas fronteras, me sentía limitado dentro de este contenedor llamado ciencia y tecnología. Me interesaban muchas cosas más e incluso durante la universidad, la mayor parte de los libros que leía no tenían relación con los temas de estudio. Eran libros muy diferentes. Me interesaba la filosofía, las novelas, la poesía, la antropología cultural, la psicología, la biología. etc. Cuando finalmente acabó este curso de especialización de dos años, tuve que decidir qué hacer con mi futuro. Muchos amigos míos se fueron a diferentes universidades de América. Yo pedí una beca para ir a estudiar a Italia durante un año sin ningún gran objetivo preestablecido.

Tenia cierta sensación de que este país me iba a ofrecer algo que no podía ni siquiera imaginar: una gran incertidumbre en potencia. Es decir, buscaba la incertidumbre absoluta para encontrar mi certeza. En realidad no sabia que Milán era la capital del diseño, no sabia ni siquiera lo que era arquitectura o diseño. Pero afortunadamente he tenido siempre muchísima suerte. En cada una de las etapas de mi vida he encontrado siempre la persona justa, los lugares justos, las oportunidades. En Milán encontré Ponti-Fornani-Rosselli, uno de los más importantes estudios de arquitectura y diseño que me dio la oportunidad de intuir lo que podía ser el diseño. De esta manera di mi primer paso como diseñador.

Pierluigi Cattermole: ¿Cuánto conserva de sus raíces japonesas?

Isao Hosoe: Han pasado casi 23 años desde mi llegada a Italia en el 67. Yo tenía 25 años. Esto quiere decir que la mitad de mi vida la he pasado en Italia y la otra mitad en Japón. Desde el punto de vista cultural mis raíces son verdaderamente variadas. Tampoco era completamente japonés cuando vivía en Japón. Leía muchísimos libros europeos. Además, estaba influido por mi pasado, por las experiencias vividas en el templo, por el sintoísmo, pero también por el budismo, religión nacida en India y que llegó posteriormente a Japón a través de China. Por lo tanto, yo tenía también origines indias y chinas. No puedo decir que sea mitad europeo y mitad japonés. La cultura japonesa tiene muchísimas raíces, al igual que la europea. Todos sabemos la enorme influencia que a través de la historia ha tenido la cultura islámica, por ejemplo. Se puede decir que pertenezco a muchas culturas diferentes que conviven bastante pacíficamente dentro de mí. Quizá lo deba atribuir a una raíces culturales de tipo politeísta, ya que el politeísmo es la base del budismo. Politeísmo quiere decir que no existe un valor único o una dirección absoluta sino que todas la direcciones son buenas. Buenas, pero relativas. A partir del politeísmo hay una absoluta ambivalencia de origen. Nacer en Japón significa tener el sentido del politeísmo muy arraigado. Por ello, el asumir sucesivamente culturas diferentes no me crea ningún tipo de conflicto interior, pueden ser completamente ajenas a mí pero algo me dice que incluso éstas tienen un valor, una esencia que existe. Pienso que todas esas raíces culturales que quizá estén dentro de mí conviven entre sí de manera muy pacífica.

Pierluigi Cattermole: ¿Cree que de esta diversidad se pueda derivar un modo diferente de pensar en los objetos y en el diseño?

Isao Hosoe: Para responderle deberíamos reflexionar un momento acerca de nuestra sociedad y de la transformación que está experimentando. De si su principal rasgo es justamente la ausencia de ideologías, de una dirección única. Entonces, al caracterizarse la cultura japonesa por el politeísmo, por la ausencia de algo absoluto, me parece que puede casar felizmente con la nueva sociedad. En este sentido me siento bastante tranquilo de pensar en el futuro y de poder incorporarme a él de manera natura. En realidad, mis trabajos no reflejan ninguna cuestión de estilo, o ideología. Son un conjunto de cosas, un conjunto de muchos pensamientos, de síntesis, a veces tecnológicas o de tipo antropológico, psicológico, ergonómico, pero nunca se caracterizan por un estilo reconocible sino como un hecho formal o simbólico.

Pierluigi Cattermole: La sociedad de nuestros días es escenario de tecnologías enormemente sofisticadas que parecen cambiar cada uno de los aspectos de nuestra vida. En este contexto, ¿cuáles cree que debieran ser las respuestas del diseño?

Isao Hosoe: Si pudiera responder fácilmente, habría acabado mi tarea. Sin embargo, podemos aventurar algunas hipótesis. Creo que nuestra sociedad está dominada por la ciencia y la tecnología. De hecho, a partir del Renacimiento y pasando por las revoluciones industriales y burguesas del mundo moderno, hemos llegado a una revolución tecnológica completa. Nadie tiene ya dudas acerca de la supremacía de la ciencia y de la tecnología. No podemos hablar de la historia del diseño, considerando los pasos que se han dado en este siglo desde la Bauhaus o la escuela de Ulm, sin tener en cuenta la supremacía de la ciencia y la tecnología.

En los años 60, hubo en el ámbito del diseño, al igual que en otros campos, un generalizado interés por introducir métodos más precisos y concretos. Se trata del período de la llamada ‘búsqueda de una metodología científica del diseño”. Recuerdo cómo influyeron por entonces ciertos trabajos como aquellos sobre la síntesis de la forma de Christopher Alexander, o los interesantes conceptos de Abraham Moles acerca de la complejidad. Pero, a pesar de todo, la metodología del diseño no tuvo éxito y en cierto modo fue un gran fracaso. El diseño es tan frágil y pequeño, tan recién nacido, que no tiene un gran poder en la sociedad, ni siquiera en las empresas. Pero, a pesar de ello, la ciencia no ha podido dominarlo. El diseño, en su contexto, puso en crisis aquella metodología de la que ya nadie habla. Quizá la razón sea la misma por la que la ciencia, a pesar de su poder, no consigue dominar al hombre. Éste se ve obligado a aceptar su presencia, le es incómoda, pero también está convencido de que sólo tiene un valor instrumental para la vida. Sin embargo, la ciencia produce una realidad cultural en cuyo contexto el hombre, sin saberlo, es dominado.

Estamos viviendo en un momento bastante complejo. Creo que la comparación entre hombre y diseño es bastante comprensible ya que el diseño está ligado fuertemente al hombre. Christopher Alexander, también intentó matematizar los pasos del proceso de proyecto, digitalizando todo, de forma que se pudieran meter estos datos digitales en el lenguaje del ordenador, pero su equivocación fue absoluta, y lo reconoció. Se equivocó, porque olvidó que el que diseña no es el ordenador, sino el hombre. Por ello, hasta que no consiga digitalizar al hombre, en este caso el diseñador, y por lo tanto él mismo, no podrá dominar al diseño con medios científicos. Probablemente, el diseño no es algo que se pueda dominar ya que es el propio hombre,, algo que debemos vivir con la máxima inteligencia. Diseñar significa entender al hombre, y sus más profundas raíces, entenderlo incluso a través de sus relaciones con el mundo de la ciencia y la tecnología.

Para comprender el diseño actual es fundamental considerara el modo en que nuestra sociedad está cambiando. Estamos en un período de plena transformación, en una transición de la fase industrial a la llamada post-industrial. Al menos, para una pequeña parte, quizá un cuarto de nuestro mundo, este fenómeno es muy actual. Utilizando algunas metáforas definiría el mundo industrial como “aquél de manos y pies” porque en él se privilegiaba la producción. En esta fase industrial, durante la cual el patrono era la fábrica, se fomentaban y se concedía prioridad a los aspectos más energéticos, más mecánicos o físicos.

Podemos definir metafóricamente la actual sociedad post-industrial como “sociedad del estómago, del corazón y de la cabeza”. Resulta evidente la referencia a la cabeza para la sociedad de la información, también entendemos lo que es la sociedad del corazón en su relación con la emotividad, pero merece una explicación la referencia al estómago. De estos tres órganos, el último es el menos sensible a las informaciones evidentes, aquellas que se ven y se oyen. Las imágenes pueden influir en la cabeza, pero no en el estómago. Estoy convencido que éste es el órgano más sensible a las informaciones que provienen de millones de años pasados o futuros. Vivimos en el mundo de la información, consumimos información, pero, ¿cuánta de esta información es esencial para nosotros? El estómago no tiene ojos, no tiene orejas, no tiene lengua, no tiene pelos, no tiene nada. Sin embargo siente las informaciones remotas, profundas, aquellas que los seres compuestos solamente de cabeza y corazón no pueden percibir. Probablemente con la cabeza y el corazón conseguimos sacar adelante el mundo racional, el mundo aparente, el mundo visible. Pero nos arriesgamos, verdaderamente, a confundirnos de camino. Basta con que las informaciones estén equivocadas: aquí hay una flecha que indica a la derecha, entonces yo debo ir a la derecha; mientras que el estómago ve más allá de la flecha, ve las informaciones ocultas. Así es. El estómago puede funcionar como un vector de estabilización para un excelente porvenir. Por esto he situado el estómago antes de corazón y la cabeza, porque podría ser como un súper-sensor que ayude al hombre a no perderse por el camino. Gracias a esta síntesis metafórica, podremos quizá comprender con mayor claridad el rol del diseño en nuestro mundo.

Para comprender de qué forma la ciencia y la tecnología dominaron nuestra sociedad y todavía la dominan, tendríamos que retroceder en la historia. Hacer referencia a los conceptos de evolución histórica del filósofo A. Comte, uno de los padres del positivismo. Comte dijo que los pensamientos humanos han recorrido tres etapas. La primera es la teológica, la segunda la metafísica, por lo tanto filosófica, y la tercera la física, por lo tanto científica. La religión imperó el mundo medieval. Hasta el Renacimiento, Europa entera era dominada por la Iglesia. Ello se debía a que la religión tenía capacidad de prever, de anticipar o ver aquello que ocurriría en el futuro. Pero, en un determinado momento, la Iglesia se vio debilitada y cedió su poder, por un breve período de tiempo, a la filosofía. De hecho, en un momento dado, ésta parecía tener el poder de prever y de demostrar. Sin embargo, la filosofía tenía necesidad de algo más sólido y se apoyó en la ciencia. Esta, consigue prever incluso la posición exacta del sol y de los astros, lanzar al Voyager que tras 12 años ha conseguido llegar a Urano y Neptuno con una puntualidad que ni la religión ni la filosofía habían conseguido alcanzar nunca. Un poder de previsión verdaderamente extraordinario pero también, un poder de demostración, como el de la bomba atómica que consigue matar a millones de personas en un momento. Ya está demostrado.

Podría parecer que la ciencia hubiera dominado verdaderamente el mundo a través de estos poderes de previsión y de demostración. Pero a pesar de su omnipotente apariencia, estamos empezando a dudar de ello. Todavía no tenemos convencimiento de que la ciencia pueda hacer todo por el hombre. Probablemente, a partir de esta duda se abran nuevas perspectivas en relación al poder del hombre. Quizá tuviera razón Comte cuando hablaba de las fases teológica, filosófica y científica. En mi opinión, deberíamos ser capaces de convertir en círculo la linealidad de la hipótesis de Comte. Es decir, la primera fase sería la religión, después vendría la filosofía, y después de ésta la ciencia. Pero no es verdad que esta sea la última etapa. Tras la ciencia entrevemos la religión, después otra vez la filosofía, la ciencia, la religión, la filosofía… Así, la rueda empieza a girar velozmente y todos estos elementos se convierten en una perspectiva más conveniente del poder del hombre. Ahora, en este contexto, me gustaría considerar el rol del diseñador como algo que ayuda a acelerar este movimiento circular. Por ello he introducido el concepto de Trickster. Se trata de una palabra que proviene de la antropología cultural, utilizada en Japón muy ampliamente por el famoso antropólogo Masao Yamguchi. Yamaguchi dijo que la sociedad necesita el orden para la supervivencia. Pero si este es monolítico la sociedad moriría en poco tiempo. Para su más sana supervivencia hace falta que exista un orden ligado al poder central, pero al mismo tiempo un elemento antiorden, que podríamos definir como desorden o sorpresa. Este elemento de desorden, de sorpresa, tal vez destructivo pero al fin positivo y constructivo, se llama Trickster: el diseño, en mi opinión, es Trickster en este sentido.

Ver la segunda parte de la entrevista